Reproducimos el artículo publicado en MientrasTanto.org y una respuesta al mismo desde un punto de vista marxista-leninista:

Antonio Antón

La remontada de las izquierdas es difícil, aunque posible

Empezamos un nuevo curso, decisivo para implementar el nuevo ciclo político, con el dilema de su orientación: progresista o reaccionaria. Aparte de las elecciones municipales y la mayoría de las autonómicas, en mayo próximo, se van a disputar las elecciones generales, probablemente adelantadas al primer trimestre del año 2027.

Hasta ahora, todos los estudios demoscópicos, salvo el del CIS de Tezanos, dan ganadora, por mayoría absoluta en el Parlamento, a la suma de las derechas estatales de PP y Vox; aunque desciende algo el primero, asciende la ultraderecha. Esa tendencia, divulgada hasta la saciedad por el mayoritario aparato mediático de las derechas, se ha ido consolidando estos años y se ha confirmado en las cuatro recientes elecciones autonómicas.

Según los datos del Estudio de Key Data, de julio, con la media de todas las encuestas realizadas y una abstención de unos 11 millones, el electorado de las derechas estatales ascendería a cerca de 13 millones (PP, 8; Vox, 4,4; SALF, 0,5) y el del bloque de la investidura, que se ha ido agrietando, a unos 11 millones: PSOE, 6,8; izquierda alternativa federal/confederal, 2,5 (coalición Sumar, 1,62; Podemos, 0,86); izquierda nacionalista, 1 (ERC, 0,47; EH-Bildu, 0,35; BNG, 0,19 –sin contar CUP y Adelante Andalucía–); derecha nacionalista, 0,6 (PNV, 0,28; Junts, 0,31 –sin contar CC y Aliança Catalana–).

El desgaste del bloque de la investidura

Persisten graves problemas para la mayoría popular, como el acceso a la vivienda, el deterioro de los servicios públicos (sanidad, enseñanza…) y la pérdida de capacidad adquisitiva de los salarios; o, en otro plano, la persistencia de la violencia machista, la crisis medioambiental y la segregación clasista y étnica. Pero, sobre todo, hay un estancamiento de las perspectivas de mejora social y avance de derechos en distintos ámbitos (habitacional, medioambiental, feminista, territorial, de calidad de vida, de convivencia intercultural…), todo ello bajo el dominio de los grandes poderes económicos, institucionales y geopolíticos, que ejercen una poderosa presión hacia una involución regresiva, segregadora y autoritaria.

Ello supone menores expectativas reformadoras progresistas o, en otro sentido, falta de regeneración democrática de las estructuras partidistas y de poder, que lastran particularmente la credibilidad representativa y transformadora de las izquierdas en clave de progreso social y democrático, o sea, en términos de avance en la igualdad, la libertad y la solidaridad.

El desgaste político y electoral de las fuerzas progresistas y de izquierda, que dieron soporte a la investidura del presidente Sánchez en 2023, es evidente, aunque hay que diferenciar los distintos factores que explican algunas particularidades sobre el estancamiento o declive de cada uno de los cuatro bloques político-ideológicos.

El Partido Socialista, afectado por distintos casos de corrupción y el acoso mediático y político-judicial de las derechas, es incapaz de mantener su electorado. Sus nuevos intentos de iniciativa y recomposición política, a través de su gestión económica y con los emplazamientos de los presupuestos generales, la financiación autonómica o la gestión de la amnistía y las relaciones internacionales distanciadas del trumpismo, no ofrecen suficientes estímulos para su remontada. La reciente gestión razonable de los incendios se contrapesa con las deficiencias gubernamentales en la crisis humanitaria en Ceuta y la fuerte oleada antiinmigración, segregadora y racista, promovidas por las derechas españolas y europeas.

El bloque de la izquierda nacionalista (ERC, EH-Bildu, BNG…) está consolidado y parece que mantiene sus electorados respectivos, incluso pueden aumentar algo.

En el bloque de la derecha nacionalista hay que diferenciar, por una parte PNV y CC, que parece que se sostienen electoralmente, con una posición cada vez más ambigua sobre sus apoyos al gobierno progresista y su actitud ante la próxima etapa; por otra parte está Junts, en tendencia descendente ante la fuerte competencia de la ultraderechista e independentista Aliança Catalana, y cada vez más distante del Ejecutivo.

En el caso de la izquierda alternativa federal/confederal, existen particularidades entre el nuevo frente de Sumar, en proceso de renovación de sigla, programa, articulación y liderazgo, y Podemos, que mantiene su trayectoria crítica y diferenciada. Pero, en su conjunto, el declive electoral desde 2023 es significativo, en torno a medio millón de votos menos. A ese descenso último se suman los dos millones y medio perdidos anteriormente respecto del periodo inicial de 2015/2016; supone la mitad de su electorado, que ha recalado en el Partido Socialista y, en menor medida, en la izquierda nacionalista y la abstención.

Sobre todo, la disminución más relevante es en relación con los escaños parlamentarios, ya que entre ambas formaciones no llegarían a la mitad (10 + 2) de los 31 conseguidos de forma unitaria en las pasadas elecciones generales (y la sexta parte de los 71 de sus inicios). Su impacto negativo está acentuado por su división y su dinámica competitiva, que les desacredita ante una parte de la izquierda social.

La tendencia de estos últimos años muestra que para frenar su declive representativo y, especialmente, para ampliar su influencia política y su campo socioelectoral no son suficientes, por un lado, los escasos avances derivados de la gestión gubernamental, en una posición subordinada, y por otro lado, la simple confrontación discursiva antigubernamental. Sin embargo, de momento, prevalece el continuismo estratégico, orgánico y de alianzas de las direcciones de ambas partes por separado, con algunos ajustes: el nuevo proyecto de renovación del conglomerado de Sumar y la mayor reafirmación autónoma y diferenciada de Podemos.

Aunque existe un relevante clima unitario entre los electorados de esa izquierda social (incluida la nacionalista), conscientes de la gravedad de la perspectiva, parece difícil la unidad colaborativa entre las direcciones de las dos formaciones políticas federales/confederales y menos de las tres patas de ese bloque alternativo, si añadimos la izquierda nacionalista, que pretende reafirmar su primacía en sus territorios respectivos. La iniciativa cooperativa que ha representado, entre otros, el republicano Rufián, parece que no fructifica, al menos en el plano estatal y, quizá, hasta que no se vea cerca el precipicio y funcione el instinto de supervivencia colectivo.

La simple inercia política de cada cual no garantiza la remontada electoral del conjunto de las izquierdas y el impulso político para asegurar la renovación de una nueva etapa de progreso. Se necesita un replanteamiento estratégico, con un revulsivo organizativo, comunicativo y de liderazgos, con suficiente credibilidad para enfrentarse a la transformación profunda de los problemas acuciantes para las mayorías sociales. En ese sentido, habrá que ver la dimensión del intento actual de configuración de frentes unitarios, al menos entre las fuerzas constituyentes del nuevo Sumar (Comunes, Más Madrid, Izquierda Unidad y Movimiento Sumar) y, en un marco más local, las experiencias colaborativas en ámbitos municipales (Barcelona, Valencia…) o territoriales (Extremadura, Navarra, Andalucía…).

Las derechas pueden perder

El poderío de las derechas, de PP y Vox, es impresionante. La actual ofensiva antinmigración, con componentes racistas y segregadores, pretende reforzar la división popular, el sometimiento de la población inmigrante instalada y el autoritarismo relacional y político. Está inserta en la estrategia ultra y antidemocrática del ‘todo vale’ para descalificar al gobierno progresista y las izquierdas y garantizar el recambio institucional derechista, llegando al golpismo blando.

Cuentan con los apoyos de los grandes poderes económicos, mediáticos y geopolíticos, tanto del trumpismo como de la mayoría de la Unión Europea, así como del grueso de la burocracia estatal, el poder judicial y las fuerzas de seguridad. En la opinión publicada, parecen imparables en su representatividad mayoritaria de la sociedad española.

Pero este es el eslabón débil de todo el diseño reaccionario: la fragilidad de su legitimidad democrática. Y, aunque avancen todo tipo de manipulaciones y prevenciones sobre los procesos electorales –al más puro estilo trumpista–, todavía no pueden dejar de acatar sus resultados parlamentarios. El nuevo golpismo blando, jurídico-político-mediático, aunque va cuestionando los fundamentos de la democracia, todavía supone contemplar cierta apariencia de legalidad y respeto institucional a los resultados de las urnas.

Las dos derechas extremas se están pasando de frenada en su proyecto ultra y antidemocrático. La dependencia del Partido Popular hacia la dinámica y el discurso de Vox es cada vez más evidente. Su carácter conservador, centralista y regresivo en lo social, feminista y medioambiental choca con los intereses, las demandas y la conciencia democrática de la mayoría ciudadana. El campo socioelectoral de progreso, incluido el nacionalismo periférico, se puede reactivar en términos político-electorales… a pesar de las insuficiencias de las izquierdas. Es el temor de las derechas, que redoblan su odio y su crispación contra las fuerzas progresistas, y utilizan todos sus mecanismos de poder.

Ante ello, la activación cívica democrática constituye una dinámica defensiva básica, en particular en el campo moderado, aunque sea a efectos comparativos de preferir una representación institucional menos mala que la que asoma: la amenaza de la involución social, democrática y territorial.

Esa situación es, quizá, la que contempla el propio PSOE, para mantener su representatividad en un electorado centrista o intermedio, reacio al giro ultra. El problema es que esa expectativa con este sector le sirve de pretexto para justificar su inacción reformadora y expresa los límites de su actitud timorata, incluso contraproducente, con diversas medidas problemáticas que perjudican la reactivación de las bases sociales progresistas y las demandas de los grupos a su izquierda.

Es decir, sin ambición de reforma social y democrática, no consolida su base electoral, ni ilusiona a la bolsa abstencionista o indecisa. Tampoco consigue ampliar su base electoral por el centro moderado, al no ofrecer garantías ganadoras con un proyecto propio progresista y depender solo de los errores de las derechas. Y aunque aspira a absorber algo del electorado a su izquierda, con el alegato del voto útil, ya que lo considera menos cohesionado por la fragilidad y la división de su representación política, también depende de la hipótesis de la incapacidad de la izquierda alternativa para fraguar una dinámica unitaria y creíble. Además, ese posible reajuste electoral, provechoso para el hegemonismo socialista en el espacio de las izquierdas, no sería suficiente para ganar a las derechas, y perjudicaría el acceso parlamentario y la influencia política de la izquierda transformadora.

El carácter ambivalente del Partido Socialista, con su doble dependencia de los poderes fácticos y de una necesaria base democrática, así como por la ambigüedad estratégica de su dirección, no aseguran su reorientación política y su renovación democrática. Por tanto, por sí solos, no garantizan la remontada socioelectoral. Sería imprescindible una reactivación cívica más general y una presión suficientemente firme y representativa por su izquierda, para que le condicione hacia una estrategia reformadora y democratizadora más sustantiva que reportara mayor credibilidad para conformar un nuevo contrato social, con la ampliación del campo de las izquierdas, y una nueva etapa de progreso.

En realidad, el giro democrático y de izquierda que supuso el llamado ‘sanchismo’, con diversos vaivenes, que culminó en el primer gobierno de coalición progresista, fue condicionado por esa doble dinámica: fuerte crisis electoral socialista y desafección popular derivada de su gestión austeritaria y prepotente, junto con un desborde cívico y político-electoral por su izquierda, de carácter social y democratizador.

Estamos al final de esa etapa, con un fuerte envalentonamiento de las derechas y un debilitamiento de su izquierda y de la movilización cívica global, aunque esta sea todavía significativa en diversos territorios y coyunturas y sobre algunos ejes concretos. El riesgo socialista es el mantenimiento de un simple continuismo, con pequeños gestos progresistas y/o conservadores, esperando aprovechar los errores de las derechas y las insuficiencias de su izquierda.

La trayectoria de estos tres años demuestra que ese tacticismo cortoplacista y ambivalente es insuficiente para garantizar la victoria electoral de las izquierdas y la continuidad de otra nueva etapa de progreso. Le ha permitido evitar el total declive de la mayoría de sus colegas socialdemócratas europeos, pero no asegura el mantenimiento de la gestión gubernamental futura. En consecuencia, el panorama previsible sería la crisis política posterior de las izquierdas, en una difícil situación de oposición parlamentaria y, lo que es más importante, en una dinámica de impotencia institucional ante el retroceso vital y democrático de sus bases sociales populares. Sería el momento de un recomienzo serio en el doble campo, social y político-electoral.

Dilemas de la izquierda alternativa federal/confederal

En los grupos progresistas y, en particular, en la izquierda alternativa federal/confederal no existe (solo o principalmente) un problema de capacidad discursiva. En ese sentido, sobra el paralelismo con las derechas. Ellas controlan el grueso de los aparatos mediáticos, económicos e institucionales, y aprovechan toda su capacidad de penetración y manipulación comunicativa, mediante la crispación política y su descalificación de las izquierdas, para imponer sus políticas, con su discurso de la inevitabilidad de su dominio y el fracaso de las fuerzas de progreso.

Ahora bien, el dilema fundamental para las izquierdas, en especial para la izquierda transformadora, es el de su credibilidad reformadora progresista, de capacidad de cambio sustantivo de las condiciones vitales (materiales, institucionales, relacionales) de la mayoría popular y del conjunto (existencial) de la población, en un sentido igualitario, emancipador, democratizador y solidario. Ese es su perfil identificador, en contraposición con la regresión social y autoritaria de las derechas.

La pugna es, especialmente, de carácter político-transformador y, en esa medida, de legitimación de su representación política y su gestión. Ello supone, frente al gran poderío económico, institucional y mediático de las derechas, favorecer la participación y la articulación de la ciudadanía y su acción colectiva, como implicación necesaria para porfiar en el avance social y democrático. La base de (contra)poder de las izquierdas la ofrece (sobre todo) la propia ciudadanía, con sus instituciones democráticas. Para ellas la democracia, la articulación popular y la participación cívica son más fundamentales que para las derechas, que controlan el poder fáctico (socioeconómico, estatal, mediático, cultural) y solo necesitan un mínimo de legitimidad social.

El reto progresista no es principalmente programático o comunicativo. El programa debe estar inserto en la acción sociopolítica para mejorar la relación de fuerzas sociales. No se trata tanto de máximos o mínimos en el papel, sino de su capacidad para articular las demandas populares, igualitarias y emancipadoras, de forma unitaria y transformadora. Es imprescindible una ambiciosa agenda reformadora social y democrática susceptible de generar apoyos masivos y unitarios. La condición necesaria es el estímulo y el impulso de una reactivación cívica democratizadora y de cambio social sustantivo, una recomposición del campo socioelectoral de izquierdas, con un peso relevante de la izquierda transformadora.

Paralelamente, está la renovación y la capacidad de articulación de las élites políticas y las estructuras partidistas para representar, canalizar y orientar las demandas populares progresistas. Esa tarea se enfrenta a las arraigadas tendencias corporativas y sectarias existentes, en mayor o menor medida, en los grupos políticos de izquierdas, y pone de relieve la necesaria adecuación de sus élites dirigentes a las tareas transitorias (semiconstituyentes) de la nueva etapa que comienza.

Frente al declive socioelectoral y la crisis político-orgánica que amenaza, la tarea de la remontada socioelectoral es multidimensional y está interrelacionada. Se trata de combinar una dinámica sociopolítica participativa de las mayorías sociales con una articulación organizativa y de liderazgo unitaria y plural, una orientación estratégica diferenciada y superadora del continuismo socialdemócrata, en oposición a la derechización autoritaria en marcha, y una pugna cultural para asegurar la legitimidad social y la hegemonía política por una democracia avanzada.

Formación y división del espacio socioelectoral alternativo

En esta situación de incertidumbre por el sentido del cambio de ciclo político, cabe recordar la experiencia sobre la conformación del campo sociopolítico y electoral alternativo, durante la actual etapa de tres lustros de ascenso y recomposición progresista. Precisamente esa reflexión es más necesaria hoy, cuando se dan los síntomas de agotamiento y el riesgo de su transición hacia un nuevo ciclo regresivo con destrucción (relativa) de fuerzas progresistas y de izquierda. Se trata de profundizar en las condiciones sociopolíticas que permiten afrontar mejor esta tendencia de declive, remontar la trayectoria descendente y generar nuevas expectativas ganadoras y de avance social y democrático.

El campo socioelectoral alternativo se construyó por la activación cívica de una corriente sociopolítica y cultural de izquierdas, crítica e indignada, con una experiencia de desafección profunda hacia el PSOE, derivada del incumplimiento de su contrato social y democrático con las bases sociales de izquierda. La diferenciación estratégica con la socialdemocracia y el bipartidismo gobernante y la conformación de ese espacio sociopolítico a su izquierda ya se generó en los años 2010/2013, con el gran ciclo de protesta social progresista. Ya empezó a expresarse electoralmente en diciembre de 2011, con cinco millones de personas con opciones electorales de izquierda federal/confederal (cuatro millones de abstencionistas críticos derivados de la desafección socialista, más un millón de votos a IU), aparte de cerca de otro millón a la izquierda nacionalista.

Ese proceso de formación culminó en los años 2014/2016 con la creación de las llamadas fuerzas del cambio, con una nueva representación político-institucional y un papel determinante del primer Podemos. Se combinó un proceso amplio de movilización sociopolítica progresista junto con la consiguiente conformación de los electorados del cambio, diferenciados de la socialdemocracia, y la articulación y mediación de sus representaciones partidistas, que consiguieron canalizar y consolidar ese espacio popular con un perfil transformador en el marco institucional.

No obstante, hay que diferenciar dos planos. Uno, el espacio, campo o base socioelectoral, formado por grandes dinámicas de activación crítica, con la diferenciación política con la socialdemocracia y frente a su gestión centrista o antisocial. Otro, la configuración de una articulación de la representación política, que canaliza su expresión institucional. Dicho de otro modo, hay que distinguir, por una parte, el conjunto de las bases sociales del heterogéneo campo de las fuerzas del cambio, incluidas las municipalistas, y, por otra parte, las élites y estructuras partidistas que las representan, articulan y orientan. A partir de ahí hay que valorar su interacción.

Ese amplio campo socioelectoral, desde el principio, tiene una gran heterogeneidad política y representativa, y su articulación unitaria, no sin tensiones, fue todo un logro político, que no se ha sido capaz de mantener. Ese espacio alternativo tenía y tiene dos planos entrecruzados, territorial y estratégico, con una prioridad más territorial o más estatal, y con una inclinación política más moderada o más transformadora.

Por una parte, existían las tres corrientes distintas, con alrededor de un millón de votos cada una: las izquierdas nacionalistas, Izquierda Unida y las candidaturas municipalistas de los grandes ayuntamientos del cambio, en gran medida autónomas, con sus propios liderazgos, y eclécticas o unitarias entre distintas formaciones. Por otra parte, la constitución de la alianza entre Podemos, hegemónico como partido individual, con unos cuatro millones de votos, y sus convergencias territoriales (especialmente, Comunes, Compromís y Chunta Aragonesista), con un millón.

Pero, además, hay que constatar la gradual y profunda división entre las direcciones de las tres corrientes político-ideológicas del primer Podemos: el pablismo, con un discurso más crítico, que representaba la mitad de su militancia; el errejonismo, más moderado, que llegó a representar el 40% (y luego se articula con el ‘yolandismo’), y los anticapis, más radicales, con el 10% restante. Estos dos últimos se fueron escindiendo; el actual Podemos, bajo el liderazgo orgánico de Irene Montero y Ione Belarra, es continuador del llamado ‘pablismo’, en su triple plano: su discurso, su base militante específica y su estructura dirigente.

Las perspectivas de la recomposición alternativa

Dejamos aparte los condicionamientos estructurales y la estrategia externa de acoso y debilitamiento de todo este espacio, en particular hacia la dirección de Podemos y personalidades con relevancia institucional como Ada Colau o Mónica Oltra. Nos centramos en las condiciones y deficiencias internas, que siguen operando hoy.

El intento de recomposición político-electoral de la coalición Sumar, en su primera fase de constitución entre 2021 y 2023, con una reorientación estratégica y un cambio de liderazgos, y su segunda fase, de separación política y orgánica con Podemos y descenso de expectativas representativas (2023/2026), ha resultado fallido. Al mismo tiempo, Podemos ha logrado sobrevivir, pero con el estancamiento en su representatividad minoritaria. En estos años se ha mantenido una proporción aproximada de dos a uno… sin perspectivas de colaboración o unidad electoral, lo cual, como hemos dicho, les penaliza a ambos y al conjunto de fuerzas progresistas en su influencia institucional.

Con la misma inercia política de estas dos partes de la izquierda alternativa, junto con el deterioro socialista, es improbable la remontada electoral. Por tanto, se puede iniciar un fuerte ciclo regresivo en España, acompañando a los vientos reaccionarios dominantes en Europa, EE. UU. y América Latina.

Las dirigencias, las militancias y las bases socioelectorales de las izquierdas son conscientes de la gravedad e incertidumbre de esta encrucijada. Las preocupaciones y el tipo de respuestas en cada uno de esos tres niveles son diferentes. Sus prioridades son distintas, y cada ámbito tiene su propia responsabilidad. El prestigio y la legitimidad de sus núcleos dirigentes, o el alcance de su crisis y su renovación, van a depender de su capacidad para articular una estrategia adecuada a la dimensión de la tarea pendiente. En estas semanas, ya preelectorales, las distintas fuerzas políticas progresistas están avanzando propuestas de renovación y refuerzo. Veremos lo que dan de sí, con los resultados prácticos respecto de estos procesos electorales inmediatos y la preparación para la fase posterior.

Por mi parte, he avanzado algunas limitaciones que superar de la socialdemocracia y la izquierda alternativa, contando con las debilidades de las derechas. Es positiva la actitud esperanzadora y la voluntad transformadora de que es posible derrotarlas y ser capaces de reiniciar otra etapa de mejoras sociales, democráticas y con la sostenibilidad medioambiental en el horizonte.

Termino con dos consideraciones generales que se deducen de este ensayo.

La primera es la revalorización del impulso cívico por las bases, la reactivación de la acción colectiva y la movilización social; la generación de una dinámica sociopolítica participativa, con arraigo local y territorial que acumule y converja con las demandas populares igualitarias y democratizadoras.

Estamos en otras condiciones que en el proceso de 2008/2010/2014, del que partió este ciclo progresista de cambio, primero sociopolítico-cultural y luego electoral-institucional. Ahora, el marco global regresivo y autoritario es una amenaza y hay signos de su comienzo en España, pero su implantación generalizada quizá venga con el cambio de ciclo derechista (si no lo evitamos). Se plasmarán entonces los mayores retrocesos y los evidentes y mayores motivos para la oposición cívica.

De momento, los actores políticos, en particular el Partido Socialista, están cumpliendo otro papel distinto, más ambivalente. No es previsible una dinámica global de desborde sociopolítico al actual sistema representativo, aunque sí de diferentes movilizaciones sociales y resistencias a la involución ultra, así como de reestructuración de las izquierdas. Pero los ejes principales de esa experiencia, la combinación de la acción colectiva y la articulación partidista (o si se quiere, entre movimiento y partido), deben alumbrar la actual estrategia de recomposición del espacio socioelectoral alternativo.

A pesar de estar en precampaña electoral, y precisamente por ello, hay que combinar bien las dos trayectorias, sin caer en la instrumentalización partidista de la acción social, respetando su autonomía, y con un compromiso unitario con las distintas demandas populares progresistas. Ello permitirá reforzar la credibilidad transformadora de la representación política e institucional, es decir, la conformación de un nuevo contrato social con la ciudadanía de izquierda por el cambio de progreso en la próxima etapa. Es la justificación para reclamar el apoyo popular y electoral a una fuerte agenda reformadora, social y democrática.

La segunda consideración trata de la necesidad del refuerzo del talante democrático y unitario de las élites dirigentes y las estructuras orgánicas de los grupos de la izquierda alternativa. Es especialmente importante en procesos de crisis y transición como la actual, en los que se ventila el estatus, la orientación y la dinámica de las nuevas formaciones políticas. La propia capacidad en la articulación unitaria y colaborativa del conjunto de la izquierda alternativa, con el ejemplo avanzado en ámbitos locales, demostrará la validez del compromiso transformador con la ciudadanía.

Estas dos prioridades, la activación cívica y el talante unitario, con realismo, actitud crítica y determinación de cambio de progreso, se contraponen con dos tendencias problemáticas. Por un lado, la simple inercia posibilista o adaptativa, la renuncia a una actitud transformadora. Por otro lado, la primacía idealista por la simple (o preponderante) pugna ideológica, comunicativa o divulgativa de alternativas programáticas, más o menos radicales o de máximos. Preciso este aspecto.

Esa faceta cultural o discursiva es más relevante para configurar las élites dirigentes y su legitimación interna… cuando están conformadas las condiciones de existencia de ese campo sociopolítico con una dinámica transformadora y participativa. La actividad crítica, cultural y teórica, es imprescindible para definir la orientación de la actividad práctica alternativa y favorecer el cambio de mentalidades y actitudes políticas. Pero el simple propagandismo, sin incrustarse en las demandas sociales y el arraigo popular, es ineficaz para articular la resistencia democrática y avanzar en el cambio social y político. Lleva al sectarismo discursivo, la frustración transformadora y la prioridad corporativa de los aparatos orgánicos o comunicativos.

La remontada socioelectoral será posible a través de la reactivación cívica de la mayoría popular, la inserción social de los grupos alternativos y el acierto estratégico y unitario de sus estructuras partidistas. Los adversarios de derechas y los grupos de poder son poderosos, pero las energías democráticas de las mayorías sociales pueden vencerlos. La amenaza ultra y reaccionaria es fortísima, pero la respuesta a las necesidades sociales con las demandas de igualdad, emancipación y solidaridad son la garantía para la democracia y el bienestar público.

Es posible vencer a las derechas

RESPUESTA DEL CAMARADA JUANJO:

La izquierda reformista no remonta porque forma parte del sistema

El ensayo de Antonio Antón, *La remontada de las izquierdas es difícil, aunque posible publicado recién en Mientras Tanto, puede ser útil como diagnóstico de la crisis de la izquierda reformista, pero insuficiente como guía para la acción revolucionaria. Por eso realizamos seguidamente su critica desde el marxismo-leninismo, tratando de resaltar que la «remontada» no es posible dentro de los límites del Estado burgués y la democracia formal, requiere la destrucción del Estado capitalista (actualmente estructurado como monarquía parlamentaria postfranquista) y la construcción de un poder popular organizado bajo la dirección de un partido revolucionario. La alternativa no es «más unidad electoral» o «mejor comunicación», sino preparar la revolución comenzando por el avance hacia la república socialista.

 

El ensayo de Antonio Antón, *La remontada de las izquierdas es difícil, aunque posible*, ofrece un diagnóstico pesimista pero esperanzador sobre la situación de la izquierda en España. Sin embargo, desde una perspectiva marxista-leninista, su análisis adolece de limitaciones teóricas y estratégicas graves, al carecer de una comprensión de clase del poder estatal, subestimar el papel del partido revolucionario y confíar excesivamente en la espontaneidad de la movilización social.

 

A continuación, realizamos una crítica sistemática al mismo desde el marxismo-leninismo, concluyendo en una serie de alternativas estratégicas y tácticas para una verdadera transformación revolucionaria.

 

Ausencia de análisis de clase del Estado y del poder

 

Antón describe el «poderío de las derechas» como una suma de apoyos económicos, mediáticos, judiciales y geopolíticos, pero no lo conceptualiza como expresión del Estado burgués en su función de garantizar la reproducción del capital y el orden de clase. Para el marxismo-leninismo, el Estado no es un árbitro neutro que las izquierdas puedan «influir» mediante presión cívica o reformas, sino un instrumento de dominación de clase que debe ser desmantelado y reemplazado por un poder popular organizado.

 

El artículo asume implícitamente que el problema es la «falta de credibilidad reformadora» de las izquierdas, no la imposibilidad estructural de transformar profundamente la sociedad dentro de los límites del Estado capitalista. Esta visión reformista ignora que los «grandes poderes económicos, institucionales y geopolíticos» no son actores externos que presionan al gobierno, sino la base material del Estado mismo.

 

Confusión entre movilización social y poder político

 

Antón enfatiza correctamente la importancia de la «reactivación cívica» y la «acción colectiva», pero las presenta como fuerzas que pueden condicionar al PSOE o generar un «nuevo contrato social», sin una organización política capaz de dirigir esa energía hacia la toma del poder. Desde el leninismo, la espontaneidad del movimiento de masas, por sí sola, tiende a lo que llamaron tradeunionismo (lucha por mejoras dentro del sistema) y no a la revolución. Se requiere un partido de vanguardia que eleve la conciencia de clase, articule las demandas parciales en un programa revolucionario y prepare la confrontación con el Estado.

 

El artículo habla de «articulación organizativa y de liderazgo unitario», pero lo concibe en términos de coaliciones electorales (Sumar, Podemos, IU, municipalistas) y no como la construcción de un partido revolucionario de nuevo tipo, disciplinado, centralista democrático y arraigado en las clases trabajadoras. Esta confusión entre frente electoral y partido de vanguardia es típica del eurocomunismo y la izquierda radical parlamentaria, que ya han demostrado ampliamente su incapacidad para frenar el avance de la derecha porque no cuestiona las reglas del juego burgués.

 

Subestimación de la lucha ideológica y cultural

 

Antón reconoce la «pugna cultural» como un elemento necesario, pero la reduce a una cuestión de «legitimidad social» y «hegemonía política» en términos gramscianos desvinculados de la lucha de clases. Para el marxismo-leninismo, la ideología dominante es la ideología de la clase dominante, y no se combate solo con «discursos alternativos» o «agendas reformadoras», sino con una contraofensiva ideológica organizada que desnude el carácter de clase del capitalismo, el imperialismo y el Estado, y que prepare a las masas para la ruptura revolucionaria.

 

El artículo critica el «propagandismo» sin incrustación social, pero cae en el extremo opuesto, en el oportunismo práctico que prioriza la «unidad colaborativa» y el «realismo» sobre la claridad programática. Esto lleva a la dilución de la identidad revolucionaria y a la adaptación al reformismo socialista.

 

Ilusión en la «democracia avanzada» y el reformismo

 

Antón propone una «democracia avanzada» como horizonte, sin definir su contenido de clase. Para el marxismo-leninismo, la democracia burguesa es una forma de dictadura de clase (democracia para los propietarios, dictadura para los explotados). La «democracia avanzada» solo tiene sentido si es democracia obrera. Es decir, poder directo de los trabajadores a través de consejos, asambleas y organismos de masas, con supresión de los privilegios de la burocracia estatal y judicial.

 

El artículo asume que el problema del PSOE es su «inacción reformadora» y su «ambivalencia estratégica», cuando en realidad el PSOE es un partido burgués que gestiona el capitalismo y reprime a la clase trabajadora cuando es necesario. Confiar en que la «presión por su izquierda» lo convierta en un agente de cambio es una ilusión reformista que ha llevado a la izquierda alternativa a la impotencia.

 

Falta de estrategia internacionalista

 

Antón menciona el «marco global regresivo» (Trump, UE, América Latina), pero no lo analiza como expresión del imperialismo y la crisis general del capitalismo. Para el marxismo-leninismo, la lucha en España es parte de la lucha internacional contra el imperialismo, y requiere solidaridad con los pueblos oprimidos, oposición a la OTAN y la UE, y construcción de alianzas antiimperialistas. El artículo carece de esta dimensión, lo que limita su estrategia a un marco nacional-electoral.

 

Alternativas desde el marxismo-leninismo

 

Construcción de un partido revolucionario de vanguardia

 

– Objetivo: Sustituir las coaliciones electorales temporales por un **partido marxista-leninista** centralista democrático, arraigado en fábricas, barrios, universidades y movimientos sociales.

– Función: Elevar la conciencia de clase, dirigir las luchas parciales hacia objetivos revolucionarios, preparar la confrontación con el Estado burgués.

– Táctica: Trabajar dentro y fuera de las instituciones, usando el parlamento como tribuna de denuncia, no como fin en sí mismo.

 

Programa de transición al socialismo

 

– Demandas inmediatas: Renacionalización de la banca y los sectores estratégicos (energía, transporte, telecomunicaciones), mayor control obrero de la producción, vivienda como derecho constitucional con expropiación de pisos vacíos, ruptura con la OTAN y la UE, amnistía total para los luchadores sociales.

– Consignas: «Ni PSOE ni PP: república», «Fuera la OTAN de España», «Expropiación sin indemnización a los especuladores».

 

Estrategia de doble poder

 

– Objetivo: Crear organismos de poder popular (consejos de trabajadores, asambleas de barrio, comités de defensa) que compitan con el Estado burgués y preparen la insurrección.

– Táctica: Apoyar las luchas defensivas (contra despidos, desahucios, represión) pero vincularlas a la construcción de estructuras de poder alternativo.

 

Frente único antiimperialista

 

– Alianzas: Unidad de acción con todas las fuerzas que luchen contra el imperialismo, la OTAN, la UE y el capitalismo, sin diluir la independencia política del partido revolucionario.

– Internacionalismo: Solidaridad con Palestina, Ucrania (contra el nazismo), América Latina (contra el imperialismo estadounidense), y los pueblos oprimidos del Estado español.

 

Lucha ideológica organizada

 

– Medios: Desarrollar prensa, radios, redes sociales y escuelas de formación marxista-leninista para combatir la ideología burguesa.

– Contenido: Denuncia del carácter de clase del Estado, el capitalismo y el imperialismo; educación en la teoría revolucionaria; preparación política y militar de las masas.

Deja una respuesta